Free arbitrium
Cuando terminó su primer modelo, dios permitió al primer espécimen comprobar el funcionamiento de una de sus manos. Es sencillo, le dijo: serás diestro, usa tu mano derecha para desenroscarte los dedos de tu mano izquierda. No te apresures y siempre sigue este orden, del meñique hacia el pulgar. Luego, para volver a colocártelos, sigue el orden inverso y asegúrate de dejarlos bien apretados. Dios entonces se marchó. El espécimen, que aún no tenía el don del lenguaje, dio una palmada al aire, que entonces equivalía a asentir con la cabeza. Cuando terminó con los dedos, descubrió, de la misma forma, que la palma de su mano podía desenroscarse de su muñeca. El hallazgo lo excitó tanto que rápidamente se animó a desprender el antebrazo del codo. De este modo prosiguió con cada una de sus extremidades (no entendió muy bien por qué el pene le había sido ensamblado de forma diferente y para desprenderse del colgajo tuvo que girar en sentido de las agujas del reloj). Cuando su mano derecha ya no tenía más que hacer, comenzó a desencastrar las partes que le restaban con los dientes y continuó con el resto del brazo, comprobando el placer de usar la boca para tales menesteres. Siendo ya solo tronco y cabeza, pronto se percató de algo más: si giraba el cuello con fuerza hacia la izquierda, podría separar estas dos últimas piezas. No fue hasta que su cabeza rodó por el suelo enmoquetado de éter (aún no existía el mundo material tal y como hoy lo conocemos) y vio todas aquellas piezas inconexas esparcidas, flotando aquí y allá, que se dio cuenta del desaguisado. Trató entonces de extraerse algún diente con la lengua, pero ya estaba demasiado cansado, entonces se durmió.
Cuando despertó se encontró desnudo en un frondoso jardín, todas las piezas colocadas de nuevo en su sitio. Tenía un ligero dolor de cabeza y una pequeña cicatriz a la altura del costado.


