LEONORA CARRINGTON
(SOLILOQUIO)
I
In medias res reaparecí
en vuestra imaginación:
una mártir libertaria
camino del frente
Tuvisteis que tirar del hilo
para desenredar mis cordones.
Transcurrió mi niñez, ahora lo sabéis,
junto a una chimenea siempre encendida
en salones de piano mudos
bajo el polvo de pesadas cortinas
e institutrices anémicas
¡Oh, esos castillos ingleses
asediados por la niebla,
cercados por robles centenarios
y esbeltos abedules!
Descubristeis después
que fui expulsada
de varios internados
por solo imaginar
duendes y gigantes
fantasmas, minotauros
con vergas tiesas de toro
demonios amables
antes de que se convirtieran
en lienzos de una exposición
eternamente itinerante
Qué decir de Florencia,
y sus escuelas de jovencitas
medio bien, medio torcidas
que fumaban a escondidas
y escribían a sus novios:
indiferentemente príncipes
o robustos chicos de pueblo
Allí también dejaron
un baúl repleto de garabatos, el mío,
en el quicio de la puerta
junto a una carta sin remitente
que no solicitaba respuesta
II
Pero el hilo más gordo
os llevó hasta Paris, oh París
aquel París de entreguerras
que aunque imaginéis
con el sonido de una orquesta de jazz,
aspirantes a Louis Armstrong,
congas y plumas,
copas de champán apuradas
a cámara rápida. Era tan prosaico
como este mundo vuestro
al que no sé por qué
esta calurosa tarde
me invocáis
¡Oh, puto París!
donde hoy que solo soy
una vieja muerta
me resulta tediosa
la enumeración de
escritores, cineastas, pintores,
aristócratas, buscavidas
e incluso poetas mediocres
de adjetivo hueco
¡Oh, amado París!
sombra de la resistencia
cuna de las retaguardias
donde junto a colosos engominados
aprendí el oficio de aquellos hombres
que fisgoneaban bajo las faldas
de las que ya no eran sus madres
(a pesar de que las mujeres
ya vestíamos pantalones)
¡Oh, pobre artistas indefensos!
Una pistola en la sien
en el departamento de la Rue Fontaine
y un cheque desde el otro
lado del charco recién
llegado, posado sobre el escritorio
que ofrecía medio año de tregua
y otro medio de ruegos y preguntas
III
Ya desde aquí podéis sentir
mi aliento de difunta y ajolote,
mi jadeo de cactus y desierto
porque estoy cerca
acabo de cruzar a pie los Pirineos
y llego a este Madrid que todavía
es una pirámide de escombros
Mi cuerpo se ha convertido
en una botella de bromuro
en un continente químico
sobre la estantería de un hotel céntrico
al que llamaré Babel
Camino desorientada
por parques con barcazas, pérgolas
y estatuas de ángeles caídos
esculpidos en bronce
Un grupo de requetés,
malditos hijos de un tal Carlos
envalentonados por la oscuridad
y el vino me rodean, zarandean, ríen
sus bocas desdentadas, manchadas de patria,
reemplazos que vagan
me lanzan sobre la tierra
…
Mi cabeza de cristal
flota en mitad del océano
y cuando se resquebraja
no emite sonido alguno
…
IV
Y por eso estoy aquí
recitando poemas sin lira
como una Safo rabiosa
en este otro parque al que llamáis
el de la vaca por una efigie bovina,
pero que rinde homenaje
al Doctor M. y de él
toma su nombre
En la pequeña ciudad de S.
en lo que hoy son las afueras
(en 1940 el sanatorio mental
estaba entre prados de pasto)
frente a fábricas de electrodomésticos
donde he sido recluida
por designio de mi propio padre
alguien se lo ha recomendado
(como el internado en Florencia)
aquí justo donde hoy veis un skate park,
columpios y esas máquinas articuladas
que ahora lucen en es estos espacios
para que las viejas como yo (me refiero
a las que aún tienen la suerte de estar vivas)
realicemos una tabla
de ejercicios matinales
Aquí, donde esta tarde de verano
sigo siendo otra loca,
otra puta, otra apestada,
otra niña rica echada a perder, desquiciada
sin apenas venas donde pinchar
calmantes, atada de pies y manos,
desnuda sobre una camilla de ruedas
Las enfermeras, tras la puerta
murmuran en alguna lengua muerta
Las urracas cada noche regresan
y me picotean su nuevo veneno:
brazos, tetas, boca, ojos.
Solo correas y agujas,
heces y orines sin recoger
Pronto comienzo a vislumbrar
bajo la bata una sombra
todavía difusa del cuerpo
de un hombre de rostro amable,
puntual siempre como
los tranvías de Estocolmo
manos blancas y uñas limpísimas.
Una hilera también intuyo
de dientes perfectamente alineados
bajo el finísimo bigote gris
No en vano, llega el momento
en que me siento ligera
como las hojas del otoño
que pronto cubrirán
este parque municipal
que lleva el nombre de él,
del doctor M:
M. de Muerte
M. de Máscara
M. de Manicura
M. de Milagro
¿Cuántas vidas han transcurrido desde ayer?
¿Vivirán todavía aquellos hombres-niño de Paris
que aullaban en la ladera del Parnaso?
¿Se casaron las muchachas florentinas
que fumaban en el patio?
¿Seguirán en pie los robustos robles de mi infancia?
V
Un buen día me traen lienzos y pinturas,
un caballete, unos zapatos verdes usados,
un vestido repleto de bolas
con unas pequeñas manchas,
gotas de sangre sobre ambas mangas
He comenzado a picotear
carne y alpiste
como un gorrión famélico
Por las mañanas, el sol que se refleja
sobre el mármol de la fachada sur
ha dejado de parecerme el enemigo
Por las tardes, chapoteo en un pequeño charco
que se ha formado sobre el tejado
cuando cesó la tormenta
En un traslado a ninguna parte,
previa escala en Lisboa
Yo, Leonora Carrington,
recupero mi nombre
y con disimulo, abro la jaula
y despierto a los leones
que huyen espantados
hacia el Muelle de las Columnas
y luego se lanzan al estuario
…
Todo esto que he venido
a rememorar, esta tarde que me invocáis
entre el morbo y la curiosidad,
ocurrió cuando apenas
era una niña, solo una muchacha
Después comenzó mi vida
de mujer al otro lado
del océano
Por suerte en la travesía
logré recuperar mi cabeza
que había ido a parar a las orillas
de un pequeño islote
apenas intacta, retire las algas
que cubrían mi cabello
y los cangrejos que pretendían
construir en las cuencas
de mis ojos su guarida
pero eso ya es otra historia
Y el que quiera saber más
que lance otra piedra al aire


